El secreto de los guardianes
POR: Juan Manuel Zaragoza Rea /// “Antes de que existiera la sierra y la gente rarámuri, solamente había un pedacito de tierra; todo lo demás era agua; no había montañas, ni maíz ni casas. En ese cachito de tierra, rodeado de agua, aparecieron dos paskoleros (danzantes), de los mismos que hay ahora. Dios les dijo que bailaran mucho pisando muy fuerte. Así, con una sonaja en la mano derecha y pequeñas sonajas en los tobillos (chanébari o capullos de mariposa), bailaron días y noches hasta que el agua empezó a macizar. El pedacito de tierra empezó a crecer hasta que se fueron formando las montañas. Por eso ahora bailamos mucho para que la tierra siga maciza y no se vuelva a hacer agua”, este fragmento es una narración rarámuri sobre el origen del mundo, contada por Candelario López y recopilada por Ana Paola Pintado.
Y efectivamente, para los tarahumaras “el que no hace fiesta no es rarámuri” pero ésta tiene una concepción distinta a la nuestra; para ellos implica trabajo y una manera de cumplir con sus antepasados.
Desde su cosmovisión, la Tierra es donde los pusieron los anayáwari (antepasados) y es prestada, razón por la cual hay que trabajarla y más aun respetarla; de ahí la importancia de hacer fiesta, pisando fuerte para mantener todo lo malo abajo que para ellos de donde provienen las enfermedades, catástrofes naturales y demás males.
Los tarahumaras se llaman a sí mismos rarámuris, que traducen como gente, la mayor parte de ellos se ubica en ambos lados de la Sierra Madre Occidental, al sureste del Estado de Chihuahua en un territorio cercano a los 50,000 kms.
Por lo extenso y diverso de su territorio, los tarahumaras son conocidos como grandes caminantes, de ahí algunas teorías sobre su el origen de su nombre rara: pie, muri: correr; conocidos como “los de los pies ligeros”, los rarámuris, están acostumbrados a caminar entre 3 y 5 horas para abastecerse de despensa, asistir a fiestas, pastorear animales e, incluso, para trabajar o acudir a la escuela. De ahí que sus grandes redes sociales y de contacto se establezcan en sus caminos y veredas, lugar donde todos coinciden e interactúan. La importancia que para ellos tiene la movilidad se puede observar, inclusive, en sus festividades, donde casi siempre hay procesiones o mapawika mabá que significa “todos vamos”.
Una práctica común para muchos rarámuris, es cambiar de residencia, dependiendo la estación del año, pues buscan que sus viviendas sean compatibles con los climas extremos que existen tanto en la montaña, como en la barranca. De igual forma han logrado dominar técnicas ancestrales de cultivo para ambos escenarios.
Una vivienda típica, está compuesta tan sólo por un cuarto, en el que no cabe una persona de pie y una gran extensión de patio; un típico pueblo tarahumara, está compuesto entre 2 y 5 ranchos alejados entre si, lo cual hace prácticamente imposible dotarlos de infraestructura.
Las poblaciones estructuradas que cuentan con energía eléctrica, teléfono y centros de abasto son las que tuvieron que ver con la minería, el ferrocarril y actividades comerciales, como en el caso de Creel, San Ignacio y Batopilas, donde la población es mayoritariamente mestiza.
Pero su sabiduría no sólo se limita a los cultivos, sino que también conocen las bondades de las raíces y plantas medicinales y en el caso de los animales ocupan a la víbora de cascabel, al zorrillo, el oso y el coyote.
A temprana edad, los niños reciben una educación basada en el respeto a sus semejantes, su medio y la responsabilidad; a los cuatro o cinco años ayudan en las labores domésticas, son capaces de encender una fogata y reciben animales propios para su cuidado, bajo la idea de ser “dueños de sus decisiones”.
Existe una frase que dicta: “Nadie ama lo que no conoce”, por ello acerquémonos a su basta cultura, la cual es parte de nuestra identidad como mexicanos.
“A favor de la paz, por un México Unido”.
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