Y ¿cómo está la familia?

Jul 26, 2009

POR: Patricia Anaya /// México vive grandes cambios culturales que nos hacen recordar con nostalgia aquellos tiempos en que cada día era una oportunidad de convivir con los miembros de la familia. Hoy, la situación es distinta: las familias ya no son las que tradicionalmente estaban compuestas por padre, madre e hijos, lo cual es consecuencia de los problemas sociales que enfrentamos como nación, como por ejemplo: la migración, la pobreza, la violencia y los cambios culturales que interfieren en el estilo de vida. No obstante, es el principal valor para los mexicanos.

Actualmente no hay un modelo único o “funcional”. Las hay de un solo padre o madre, donde viven los abuelos, en las que enfrentan un divorcio o separación, con un familiar que vive fuera del país, con una persona con discapacidad, cuando un anciano o un enfermo requieren cuidados. Sin embargo, en cualquier configuración la tarea es la misma: trabajar juntos para lograr el desarrollo integral, el espacio que brinda formación en amor, voluntad, libertad y responsabilidad.

Y aunque el abanico de familias es muy amplio en nuestro país, lo cierto es que, un interés en común, es inculcar los valores humanos que nos permiten convivir en sociedad y que son parte importante en la formación de las nuevas generaciones. Para los mexicanos, vivir los valores es lo que nos hace distintos al resto de las naciones.

Pero además de nuestra realidad más inmediata, es un asunto que tiene relevancia en todos los ámbitos de la vida política, social y económica, porque la familia no recibe en silencio el entorno; es a un tiempo testigo, protagonista y determinante en la dinámica social.

En este núcleo social sucede un fenómeno que, más que curioso, debe exigirnos actuar: Las familias se quieren, están unidas en la crisis y son solidarias e importantes para cada uno de sus miembros. Pero también enfrentan grandes conflictos y dificultades para la convivencia, la comunicación y la planeación de un proyecto en común que ayude a todos y a cada uno a cumplir con el que tiene de manera individual.

Quizá podamos pensar ante esto que lo que sucede al interior de las familias no es asunto público, pero veamos algunos otros datos de cómo los problemas que no se logran resolver, afectan en diferentes dimensiones:

En una cuarta parte de los hogares hay violencia familiar: física o psicológica. Se incrementaron las familias con jefatura femenina y las extensas, asociadas con pobreza y vulnerabilidad.  El número de personas que viven solas se ha duplicado. Aumento en divorcios y disminución en matrimonios. Mayor número de matrimonios “largos” (de más de 20 años), terminan en divorcios.

La situación es más frágil cuando hablamos de aquellos rasgos que se viven cotidianamente, la comunicación, la convivencia de generaciones, el manejo de conflictos, la solidaridad. Es aquí donde se ha minado la cédula familiar, ya que en la modernidad, el que ambos padres tengan que trabajar, la participación de los abuelos u otros parientes en la educación, y otros factores, influyen para que el día a día, sea cada vez más conflictivo.

Porque nuestras razones en el fondo son de familia, por ello, comprenderla es hacerlo con nosotras mismas. Las luces y sombras que observamos nos deben representar un reto para promover una cultura que apueste por lo mejor que sucede en este núcleo: el desarrollo integral, el espacio que brinda formación en amor, voluntad, libertad y responsabilidad. 

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