De jaurías a jaurías.

Ene 31, 2006

La gran diferencia entre una jauría de sabuesos y la de políticos, es que los primeros trabajan para servir a su amo y los segundos siempre le muerden la mano a quien les da de comer, o sea al pueblo: lo roban y lo joden una y otra vez.

Finalmente los partidos políticos han dado el banderazo de salida para que los elegidos, los merecedores, suspirantes y gandallas, se apunten en la lista que más les convenga. Algunos van por la Cámara alta y otros por la baja, y como el hambre de poder no tiene limite pos´ hay quien se apunto en las dos. Pero vamos, todos tienen algo en común, que es adueñarse de la cartera que les va ha dejar millones de pesos durante seis años.

Este panorama me recordó las muchas ocasiones en las que de muy joven fui de casería. Íbamos en grupos de cuatro o seis “cazadores”, algunos muy expertos y otros muy novatos, pero todos teníamos algo en común: cada cazador tenía de cuatro a seis sabuesos, algunos por genética, es decir, cazadores natos y otros tenían que ser entrenados; pero sin importar la raza o el merito, todos “perreaban” los huesos de las presas ya cocinadas.

Había, en toda jauría, el sabueso que sólo se tenía que sentar a esperar a que su amo le tirara el hueso que a la segura ya tenía ganado, ya sea por ser el mejor cazador o el semental. Después estaba el sabueso más viejo y guía. Posteriormente, en el orden de la repartición, le tocaba hueso al “perro golpeador”, el que siempre que había bronca contra otras jaurías era el primero en saltar en defensa de los suyos. Finalmente se repartía equitativamente la retacería entre los demás sabuesos, se les dejaba al último por ser los más jóvenes, los más lentos o los que simplemente nunca dominaron el arte de cazar, pero eran buenos para amedrentar a la presa o apoyar en caso de que ésta fuera demasiado grande o feroz.

Obviamente, esta ordenada repartición de huesos estaba a cargo del amo de los canes, ya que de no ser así, los perros hubieran acudido a sus instintos naturales y hubieran comido primero el más fuerte, luego el más gandalla; luego volverían a comer primero tanto el más fuerte como el más gandalla y las sobras, se las dejarían a los que aguantaran a que se llenaran el buche los primeros. Tal como lo hacen los políticos de ayer, hoy y siempre.

Ahora, la gran diferencia entre la jauría de sabuesos y la de políticos, es que los primeros trabajan para servir a su amo y los segundos siempre le muerden la mano a quien les da de comer, o sea al pueblo: lo roban y lo joden una y otra vez.

El político en busca de hueso es, muchas veces, como “el perro de las dos tortas”: quiere que lo apunten arriba y abajo, tampoco le importa si ya tiene hueso, quiere el otro que le van a dar a su compañero de caza, la finalidad es comer él solo y más.

Los primeros me recuerdan a los segundos y luego los segundos a los primeros. Pues hoy día, en la política de Quintana Roo vemos a un político que quiere ser apuntado tanto en la lista baja como en la alta, o sea, que si no sale para senador sale para diputado. Vemos también a político-funcionario que como buenos rameros, no sueltan una rama hasta que cogen la otra. Le mintieron a la sociedad pues cuando tomaron protesta en su actual puesto, juraron servir al pueblo, pero no han trabajado ni siquiera la mitad del tiempo comprometido, cuando ya andan buscando otro hueso más grande.

Está el político paracaidista, el que desde la trinchera de una agrupación, asociación, ONG o cámara empresarial, se dedica a “golpetear” a los gobernantes y a sus partidos para negociar un huesito.

Y no nos olvidemos del más gandalla, el que acaba de dejar un puesto que ilegalmente usurpó, el que recién laceró a las arcas públicas, el que se compró casas en la zona hotelera con todo y yate, al que se compró a todo un periódico y compró a todo un partido para que le dieran una candidatura como senador.

Ahora entiendo el dicho que dice: &#8220;entre más conozco a los políticos, más quiero a mis perros&#8221;; pero &#8220;la culpa no es del indio sino del que lo hizo compadre&#8221;; sin embargo, como no hay de donde escoger, lo único que nos queda es escoger a los menos<

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